Naurizio Scaparro, Director de la sección Teatro de la Biennale.

Logotipo del Carnaval de Venecia 2011.

El Carnaval en la Plaza de San Marcos.

La máscara de Arlequìn

El Teatro al aire libre. Realizador Maurizio Scaparro.

El espectáculo 'Polvere di Bagdad'.

Maurizio Scaparro, editor de l'Exposición Il Teatro del mondo.
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El espectáculo 'Polvere di Bagdad'.


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Maurizio Scaparro, editor de l'Exposición Il Teatro del mondo.


Venecia, la utopia posible

Se puede amar Venecia incluso sin haber estado jamás; por la fascinación del irreal que esta ciudad lleva consigo, por los sueños que alimenta, por la diversidad que presupone, y se la puede amar todavía más hoy, que de lo irreal, de los sueños y de la diversidad se siente una necesidad creciente.
En Venecia se piensa por unas ganas incontenibles de encontrarse fuera de las reglas del juego y de las prohibiciones de los superiores, como me ha sucedido también a mí en las experiencias como Director de la Bienal de Teatro.

También gracias al singular suceso que ha sido, en los años 1980 y 1981 y sucesivamente en el 2007, el Carnaval, que en el nombre del teatro he contribuido a que naciera. De este Carnaval, fiesta por antonomasia , he intentado coger precisamente esas ganas y necesidades que son colectivas y privadas al mismo tiempo, pero también el encuentro humano y el espacio escénico, al abierto o en los teatros. No hay una imagen difundida por el mundo o en los libros que no señale la presencia consciente del hombre, en la alegría o en la reflexión o en el sueño o en el cansancio del trabajo teatral, y no hay una imagen que no acentúe la relación con el espacio escénico. Por lo demás el hombre y el espacio encuentran en Venecia una de las conjunciones más originales y profundas.

Antes de nada, en la relación con el agua y con sus entrelazados recorridos a través de la ciudad, pero también en la confrontación continua del hombre con la complejidad mutable de las líneas arquitectónicas, de los ritmos, de los sonidos, de los colores, hasta el punto de que las mismas palabras, el mismo gesto aparecen condicionadas. Venecia lo sabe, durante siglos, y se complace, y gracias a su vocación escénica construye su doble historia hecha de política (de los ceremoniales a los funerales y espectáculos oficiales), pero afortunadamente también de rebelión y liberación de las condiciones ambientales que desde siempre amenazan su arrasamiento. También la máscara expresa esta ambigüedad de la vida veneciana; a veces la esconde y la justifica, otras veces sin embargo revela la fuerza casi metafísica de lo no expresado de las dualidades, potente–débil, mujer–hombre, viejo–joven. Fuerza que trasciende lo real, pero sin prescindir nunca, sin anularse en el olvido, teniendo en si la posibilidad de construir nuevas condiciones de vida, nuevos mundos, de dar a lo efímero sorprendente fuerza de choque también social. Venecia es una palabra mágica.
Debemos ser conscientes y orgullosos.
Venecia es la isla Kantiana que no existe, es el espacio del imaginario y de la utopía, pero que debe ser vivido desde las instituciones (y entre estas naturalmente la Bienal) y por quien la vive y la frecuenta, no tanto como ciudad de arte sino como ciudad cultural, como se ha recientemente observado, abierta a los laboratorios permanentes y por tanto a nuevas experiencias vivificantes de artistas y estudiosos que exalten su vocación internacional .

Reflexionar hoy sobre Venecia, para las instituciones y para cada individuo, lleva consigo una mezcla aparentemente caótica de signos diferentes, desde el recuerdo histórico del siglo XVIII y de sus “esplendores”, hasta las urgencias de hoy y a los deseos de conquista de un refugio, o una isla desierta, o precisamente Venecia, desde donde retomar quizás un camino interrumpido.
Cierto es que era decadencia aquella del siglo XVIII veneciano.

Pero, ¿respecto a qué?

Era seguramente retraso respecto a la evocaciones de algunas realidades; pero también gran fuga hacia delante en un futuro que, precisamente por sentirse amenazado de la cercana inexistencia histórica, dan insistentemente ganas de llamar utópico. Y entonces, el encuentro con Venecia y con la palabra “fiesta” conlleva una interrogación extremamente seria:
¿Cuál es nuestro futuro? ¿cómo hablaremos? ¿Cómo haremos el amor? ¿Cómo viviremos?

No se maravillen los sociólogos si tanta gente ha elegido un período aparentemente de evasión para una pregunta tan seria; se interroguen más bien sobre las otras épocas del año llamadas siniestramente “Carnavalescas”; se den cuenta del peligro del rápido corromperse y deteriorarse por las especulaciones de varios tipos ya a las puertas; cojan la señal de una voluntad vitalísima de buscar una herencia y de ir hacia delante en el descubrimiento de nuestros mañanas.
Que esto pueda ocurrir en Venecia y sólo en Venecia no es nada extraño. Sólo es la elección de un tiempo y de un espacio que en otro lugar difícilmente se encuentran y que Venecia milagrosamente expresa.
Por ahora.


Maurizio Scaparro

1800 - 2000 - - rev. 0.1.17

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